Eggstone y el milagro de internet

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Quienes vivimos la etapa de transición infancia/adolescencia a fines de los noventa y en el contexto de una ciudad pequeña, fuimos, quizás, una de las últimas generaciones “callejeras”. Esas que aún no estaban invadidas por la híperconectividad, donde el encuentro diario entre amigos se daba en la calle, en la plaza, en el kiosco, en algún terreno baldío o en una simple esquina cualquiera, y que no llegar a tiempo al punto de encuentro pactado el día anterior, podía implicar pasarse la tarde entera buscando al resto de los amigos por toda la ciudad. No existía el llamado o el mensaje al celular que podía salvarte de una tediosa tarde de soledad, apenas si existía el “woki toki”, pero que tenía cierto alcance y que, obviamente, en las puertas de la adolescencia, por una cuestión de honor, no usábamos más.

Para mí y mi grupo de amigos saltar a la adolescencia implicó una experiencia nueva cada día. Muchas veces pienso en el paso del tiempo o en la medida del tiempo. En como en aquel entonces los días parecían más largos, más ricos y más felices. Incluso más peligrosos, aunque no lo detectáramos. Tardes enteras dando vueltas por una ciudad, que a nuestro entender se movía a ritmo lento, buscando y encontrando algo para hacer. Algo de qué o de quién aprender. La llegada de los vicios, de los buenos y de los malos.  Viviendo siempre al límite, metiéndonos en líos innecesario que incluso en alguna oportunidad nos llevó a tener problemas con la policía.

Pero hubo algo que también marcó nuestro paso a la adolescencia y fue que lo hicimos en el contexto de fin de  “fiesta menemista”  y el comienzo del gobierno de la Alianza, es decir en una de las etapas de mayor decadencia de nuestro país.  Y aunque no éramos plenamente conscientes de eso, el contexto nos condicionaba, y nos expulsaba todavía más a la calle. No existía un hogar en donde no hubiese problemas económicos y quedarse en casa no era un buen plan. Los adultos estaban ocupados en ver cómo podían resolver  sus problemas financieros y no caer en banca rota, mientras que  los adolescentes andábamos, como podíamos, descubriendo el mundo exterior.

Uno de los signos que marcó la decadencia de aquella época fue la invasión masiva de locales comerciales que tenían por nombre “Todo por dos pesos”. Al principio se mostró como una novedad, y quienes fueron pioneros en incursionar en aquel negocio, tuvieron un éxito inmediato, lo que generó que otros emprendedores locales apostaran a lo mismo y en un plazo muy corto de tiempo la ciudad se poblara de este tipo de locales. Que ya no eran solamente “Todo por dos pesos”, ya que había comerciantes que eran más generosos con la clientela y ponían un “Todo por uno noventa y nueve” e incluso hubo quienes se animaron a más y bajaron hasta “Todo por cero noventa y nueve”. La competencia era feroz y con el paso del tiempo uno por uno, se fueron fundiendo.
Pero mientras duró la época del “Todo por dos pesos” la gente se abroquelaba en los locales a comprar cosas, que en su inmensa mayoría eran baratas, pero innecesarias y de muy mala calidad. Un consumismo absurdo que también marcó la década de los noventa.

Con mis amigos no éramos ajenos a este fenómeno y en cuestión de semanas nos hicimos asiduos visitantes de esos comercios de mercadería barata. Cuando había algo de plata comprábamos, y cuando no, tomábamos prestado. Otra novedad de estos comercios era que abrían durante todo el día, no como los locales tradicionales, que paraban a la hora de la siesta y a nosotros esto nos favorecía. Generalmente a esa hora el empleado estaba en otra cosa, apoyado sobre el mostrador casi dormido y nuestra estrategia era sencilla. Uno de nosotros se quedaba a hacerle preguntas confusas mientras el resto se dedicaba a recorrer el negocio y a elegir algún que otro producto para llevar.

Una de esas tantas siestas interminables fuimos con mis dos mejores amigos, Renzo y el Oso. El local que elegimos, no fue por azar, sabíamos muy bien lo que queríamos. El comercio era el más grande de todos y el que mayor variedad tenía. Nosotros buscábamos cultura. Unos compact disc de autores internacionales que desconocíamos.

El Oso, fue el encargado de distraer al empleado. Era el que más grande parecía de los tres y el que mayor manejo del lenguaje y la mentira tenía. A pesar de sus cortos catorce años ya contaba con barba y una altura mayor a la de un adolescente promedio.

—Estoy buscando un regalo para mi hijo  —le dijo El Oso al somnoliento empleado.

— ¿Cómo? – respondió confundido.

— ¿Que me podes recomendar? Tiene cinco años  —insistió descaradamente.

— ¿Vos me estás tomando el pelo, pendejo?  —dijo el empleado que empezaba a perder la paciencia.

— ¿Tengo cara de estar jodiendo? – retrucó El Oso elevando el tono de voz.

El empleado hizo silencio y dudó;

— ¿Cinco años me dijiste?

— Cinco añitos —confirmó con voz tierna.

— A ver déjame pensar…  

El empleado inclinó la cabeza hacia atrás y elevó la mirada hacia el techo.

En ese momento El Oso pudo ver como Renzo y yo salíamos con el botín disimulado entre las ropas.

— No tengo todo el día, maestro —dijo El Oso  – Voy a venir a la tarde cuando esté tu jefe— concluyó despiadado y se dio media vuelta.

            De ahí nos fuimos directo a lo del Oso, cuya casa era donde pasábamos el día cuando no estábamos en la calle. La mamá nos había cedido una piecita (así le llamábamos; piecita) alejada de la casa, que nosotros habíamos pintado y acondicionado. Era una especie de guarida en donde nos gustaba perder el tiempo. En ese lugar había cosas que los tres habíamos aportado, desde equipos de música, cds, hasta instrumentos. Renzo había llevado su batería y El Oso y yo estábamos en planes de comprar un bajo y una guitarra respectivamente. 

Uno de nuestros sueños era poder formar una banda de rock y parte del golpe que dimos ese día estaba relacionado con eso. Si bien escuchábamos Rock Nacional, teníamos curiosidad por oír otros sonidos. Y esa siesta habíamos robado unos cuantos compact. No recuerdo cuantos en total. Si recuerdo que fue una decepción absoluta cuando nos pusimos a escuchar uno por uno esos discos.

— ¡Sacá esa mierda! —fue una de las primeras reacciones.

— ¿Esto es lo internacional?

— Esto es la porquería internacional, lo que nos mandan a nosotros, al culo del mundo.

—Vamos a reclamar— dijo irónico, pero serio el Oso.

Nos reímos un buen rato, hasta que volvimos a introducir otro cd que también era malo y nos pusimos de mal humor. Pero aquel robo no podía ser en vano; el riesgo, la astucia y el trabajo en equipo siempre tienen su premio.

El Oso introdujo el último disco, puso play, pasaron unos segundos y se escuchó en el parlante: –“One”- luego el efecto de una máquina que nosotros desconocíamos, y después el rasgueo contagioso de una guitarra. El impacto para los tres fue inmediato. La banda nos gustó de entrada y fue el primero de todos los discos que habíamos escuchado ese día que pasó de la primera canción. Las canciones que siguieron también nos gustaron y el disco siguió girando una y otra vez.

La tapa del disco era una foto de tres jóvenes posando a  cielo abierto, en el fondo se veía una batería anaranjada sobre lo que pareciera ser un pequeño médano de arena invadido por el pasto. El nombre de la banda era “Eggstone” y el álbum se llamaba “Somersault”  y no había más información que esa, porque el reverso de la de tapa estaba en blanco. Un disco pirata más que había entrado al país.

Pero lo cierto fue que eso no nos importó demasiado. Lo que nos importaba era que la música nos gustaba y a partir de ese día pasábamos horas enteras tirados en el piso de la “piecita”, mirando el techo  y escuchando  una y otra vez el disco de los “Eggstone”  mientras fantaseábamos sobre el futuro.

            Ahora que estoy en ese futuro que fantaseaba y que, no fue tal cual lo esperaba, pienso en el modo extraño en que funciona la mente. Hay recuerdos que se imponen, que nosotros no elegimos, que simplemente aparecen. A veces en imágenes y otras en palabras.

“Eggsotne” fue la palabra que me tomó por asalto y no pude evitar escribirla en internet.
Lo primero que descubro  es que es una banda Sueca de “Indie Pop” formada en el año 1986, y pienso en cómo un disco pirata de una banda desconocida de Suecia termina en una góndola de un “Todo por dos pesos” de una ciudad perdida en el interior de la Argentina, y si existía alguien capaz de comprarlo o solo estaba ahí porque en esa época todo estaba a la venta y la gente compraba por comprar, total de ultima, si no servía, se lo tiraba y listo. Y me pregunto, si haberlo robado, en definitiva, no fue el mejor destino que ese disco pudo tener.

Sigo leyendo y me informo de que la banda editó tres discos de estudio, el último en 1997, que los tres integrantes son músicos consumados, sobre todo el guitarrista que desarrolló un estilo completamente propio. Que su sonido se caracteriza por cambios de ritmo, choques armónicos y ruidos incidentales pseudoacadémicos, al mismo tiempo que conserva una seducción fácil para los oídos no entrenados (la seducción fácil en la que caímos nosotros) y a su vez quien brinda la información se lamenta  de que el gusto del guitarrista por viajar al extranjero y el trabajo como productor del cantante hayan impedido que la banda haga algo más para provocar a sus fanáticos.  También le llama la atención la falta de éxito comercial, ya que la banda fue la inspiración de otras Indie Pop suecas que tuvieron éxito internacional. Y por último dice que en abril de 2016 la banda regresó sorpresivamente cuando apareció con una canción nueva, la primera en 19 años.

Después de leer, entro en Youtube y busco el disco “Somersault”, veo la imagen de los tres músicos posando al aire libre, y termino de convencerme de que mi recuerdo era fiel,  le doy play, subo el volumen,  escucho el  –“One” — luego el efecto de la máquina, y después el rasgueo contagioso de la guitarra.

Reconozco los sonidos, las melodías y me quedo un rato colgado. De golpe, casi sin darme cuenta, como si fuese una costumbre que nunca hubiera perdido, me tiro en el piso de mi departamento mirando al techo y mientras escucho los Eggstone comienzo a navegar en aguas mansas, en retrospectiva, en mi océano interior.

Por Mauro Casella
octubre 2021
noviembre 2021
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