A la salida de la escuela

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Cuando Patricio Soto salió de la escuela, era un mediodía soleado y caluroso, una luz blanca y cegadora lo invadió de golpe y tuvo que restregarse los ojos para acostumbrar la vista a la repentina claridad. Como casi todos los días se había escapado de la última hora y caminaba por calle General Obligado rumbo a la plaza 25 de mayo. Hizo unos cuarenta metros cuando se topó con Abel, que estaba solo, sentado en uno de los canteros del club.

— ¿Qué haces acá, Abel? —preguntó Patricio.

—Nada, espero —respondió sin mirarlo.

— ¿A Julita?

— No, al Negro.

— Ah, al Negro —¿Por el rumor que anda corriendo?

— Si, por eso ¡Va a ver con quién se metió!

— Pero Abel ¿Cómo vas a creer en eso? ¿Mirá si entre el Negro y Julita va a pasar algo? ¡Déjate de joder! —dijo incrédulo.

— ¡Mas bien que no pasa nada! Pero anda boqueando por todas partes que sí. Y si no aclaro, la cosa va quedar por cierta. Vos sabes como es la gente con los chismes.

— La gente, la gente… ¿Y qué pensás hacer?

— Sencillo, un par de cachetazos y que diga públicamente que todo es un invento suyo, que él y Julita se conocen del curso, pero que casi ni hablan, que ella lo saluda de educada que es nomás.

— ¿Me puedo quedar a ver? —preguntó interesado.

— ¡Por supuesto! Mientras mas testigos haya, mejor –dijo –Dame un cigarrillo – agregó.

— ¿Qué pasó, te peleaste con el quiosquero también? – bromeó Patricio.

— ¡Dale, dale, largá! —dijo entre imperativo e impaciente.

Sacó un Marlboro común del bolsillo, sopló por el agujerito del atado hasta verlo lo suficientemente inflado, metió dos dedos, tomó un cigarrillo y lo prendió. Se sentó en el cantero, le pegó dos secas bien largas, le pasó el pucho a Abel y en silencio clavaron las miradas en dirección a la escuela.

A medida que los estudiantes salían de la escuela, Abel les hacía saber uno por uno lo que estaba por acontecer en minutos. Poco a poco la gente se fue acumulando y el tumulto llamando la atención de las demás personas que pasaban por el lugar y la bola comenzó a correr hasta volverse imparable. Tanto corrió la noticia que llegó a oídos del director.

El Director, que manejaba bien el sentido común, en vez de ir a querer hablar con Abel o llamar a la policía, decidió citar al Negro a su despacho.

—¿Qué pasa Señor Director? —preguntó el Negro con voz torpe y timorata.

—Y… Negro, parece que el Abel lo quiere fajar —dijo el Director, detrás del escritorio— ¿Qué le hizo al muchacho?

—Nada Director, ese es un patotero, lo hace por deporte nomás, se ensañó conmigo.

—Negro, Negro… ¡A mí me puede decir la verdad! Yo estoy de su lado, pero con la verdad, sino me es muy difícil ayudarlo. ¿Es cierto que está coqueteando con la noviecita, la Julita?

El Negro empezó a balancear la cabeza de lado a lado, algo dubitativo. Repitió el movimiento varias veces ante la atenta y ansiosa mirada del director y dijo;

—Tanto como coquetear no. Nos llevamos bien… y bueno, uno no es de fierro, vio. Usted es hombre, Director ¿Usted me entiende?

—¡Como no lo voy a entender, Negro! ¡Con semejante minón! —dijo inconscientemente el Director, despojándose de toda solemnidad.

— ¿Cómo dijo, Señor Director?

— ¡Nada, Negro! —elevó la voz, simulando enojo para zafar de la metida de pata.

— Ah, entendí que di…

— No dije nada – interrumpió el Director —Acá lo que no se entiende, o mejor dicho, lo que no queda claro, es si usted tuvo o no un “acercamiento” pongámosle, con Julita. O si solo se trata de un chisme de pasillos de escuela.

— Mire director – frunció el ceño el Negro- Yo no le puedo responder eso.

— ¿Como que no puede responder?

— Mejor dejémoslo así Director —dijo terminante el Negro. —Que la gente crea lo quiera, que sea verdad o que sea mentira ¿Qué importa a esta altura? El quilombo lo tengo igual — añadió algo acongojado.

— Ay, ay Negrito, siempre metido en problemas vos —dijo comprensivo el Director.

— Y bueno —murmuró el Negro con la mirada fija en el suelo.

El director se apartó del escritorio, acercó una silla a la ventana, subió, sacó la cabeza y miró en dirección al club. Estudió la situación, volvió a meter la cabeza, no sin antes echar una ultima mirada.

Se dirigió de nuevo al escritorio, se sentó y por unos segundos quedó cavilando con una expresión de preocupación, hasta que con una voz reflexiva dijo;

— La situación es grave, Negro. ¡Son como cincuenta los que están en el club!

— Pasa que el Abel es famoso peleando, Director —aseguró el Negro.

—¡Pero… qué importa el Abel! ¡Le estoy diciendo que son como cincuenta!—se impacientó el Director.

— No, pero no me van a dar entre todos, esto es un “mano a mano”.

— ¿Y cómo está tan seguro? ¡Siempre veo como lo patotean sus compañeros en los recreos! —exclamó el director.

— Si, pero eso es broma, es un juego. No pasa a mayores.

— Y bueno, entonces… ¿Por qué no va y pelea como un hombre?

— ¿Pero qué ejemplo es ese Director? ¡No voy a pelear, no me gusta!

—Tiene razón, fue un exabrupto de mi parte —se disculpó el Director —¿Sabe lo que vamos a hacer, Negro?

—Ni idea, Director.

El Director se volvió a parar, rodeo el escritorio, se puso al lado del Negro, le pasó el brazo izquierdo por encima de la espalda y dijo;

— Mire Negro, esto es sencillo, la puerta de salida de la escuela está casi en la esquina; uno cuando sale tiene las siguientes opciones; puede tomar por calle General Obligado en dirección a la plaza 25 de mayo, puede tomar General Obligado en dirección al arroyo, puede tomar Alvear hacia el Este o tomar Alvear hacia el Oeste – ¿Verdad?

El Negro asintió con la cabeza.

— ¿El Abel y los muchachos sobre que calle están? –preguntó en forma retórica el Director.

— Por calle Obligado en dirección a la plaza, Director.

— ¡Muy bien, Negro! Yo voy a salir —comenzó a desarrollar el plan el Director —voy a ir hasta el club a hablar con Abel y los demás, pero para distraerlos nomás. Usted espía por la ventana, cuando ve que llego, sale sigiloso sin que lo vean y encara por calle Alvear rumbo al Oeste —¿Me sigue?— luego dobla por Belgrano y le mete un pique hasta su casa. ¿Está de acuerdo?

—Sí, me parece un buen plan. ¡Gracias Director!

—No agradezca, es mi deber —dijo —Negro, cuando corra, corra como si fuese para ganar las olimpiadas —añadió intranquilo el Director y se dirigió hacia el club.

Cuando el Director llegó al club se fue abriendo paso entre la masa de gente hasta quedar cara a cara con Abel;

—Lo que voy a decir —vociferó amenazante el Director —no es solamente para usted Abel, sino para todos los aquí presentes ¡Tienen un minuto para irse cada uno a sus casas o llamo a la policía! ¡Y quién se atreva a desoír mi orden, mañana se las verá conmigo! —agregó con énfasis.

—Vea Director— irguió el pecho desafiante Abel —esto no es problema suyo, así que mejor el que se va para su casa es usted.

— Pues bien, si no quieren entender por las buenas, será por las malas entonces, ya mismo me comunico con la comisaría que venga a poner orden.

— Llame a quien quiera, de aquí a que llegue la policía al Negro ya lo mandé al hospital.

— ¡Escúcheme una cosa! No sea…

— ¡Se escapa! – un grito proveniente de la esquina interrumpió lo que estaba por decir el Director.

La multitud empezó a correr en dirección a la escuela, pasando al lado del Director y de Abel que habían quedado desafiándose con las miradas.

— ¿Qué pasa Abel, se arrepintió que no va tras del Negro? O acaso ¿Quiere pelear conmigo? —preguntó desencajado el Director.

— Pfff… ¿Con usted? Mire lo que es— con el revés de su mano derecha abarcó el semblante del Director, en un claro gesto de desprecio. —Yo no corro Director, para eso están los muchachos. Yo peleo —dijo y empezó a caminar hacia a la escuela.

El director quedó en silencio unos segundos, con la mirada perdida en la nada, dolido por la insolencia de Abel. Cuando se reincorporó, Abel estaba llegando a la escuela, e inmediatamente salió tras él.

Se alivió al ver que la calle de la escuela estaba vacía. Se puso a la par de Abel y le dijo;

— No se gaste muchacho, el Negro es de tranco largo, ya debe estar en su casa.

— Yo no estaría tan seguro— dijo y empezó a caminar por calle Alvear.

Caminaron a la par por Alvear y cuando llegaron a calle Belgrano, la situación era idéntica a la de la escuela.

El Director estaba a punto de darse media vuelta para volver al establecimiento cuando el sonido estridente de un típico chiflido de barrio lo puso en alerta. Ambos giraron conjuntamente sus cabezas en dirección a la intersección de las calles Belgrano y Moreno, vieron la concentración y salieron disparados sin pensarlo.

La multitud había formado un círculo perfectamente gigante, cuya magnitud impedía el paso de vehículos por ambas calles. El Director se hizo paso como pudo y vio que en el medio estaba el Negro tomado de los brazos por dos estudiantes;

— ¡Le dije que corra como para ganar las olimpiadas! – ¡Ni para correr sirve!— reprochó el Director.

— Tenía gente en todas las esquinas, Director— ¡El Abel no es ningún improvisado!— se excusó el Negro.

Confundido el Director comenzó a mirar para todos los costados, como no pudiendo creer el espectáculo al que estaba asistiendo. Estuvo en esa postura por unos instantes, hasta que casi sin pensarlo, salió impulsado para uno de los costados al encuentro de Abel. Lo arrebató agresivamente del brazo y le empezó a hablar al oído. El otro oía y asentía con la cabeza. De golpe se detuvo, Abel le dijo algo muy breve en voz baja y se dieron un apretón de manos, como sellando un acuerdo.

— ¡Ustedes dos! —gritó el Director en referencia a los estudiantes que tenían apretado al Negro —Suelten a mi pupilo.

Los dos muchachos miraron directamente a Abel, éste dio la orden con la mirada y lo liberaron.

— Ya está, arreglé todo— dijo el Director acompañando al Negro para un costado.

— ¿Como hizo? —suspiró profundo el Negro, sacándose un terrible peso de encima.

— Con garantías Negro, con garantías.

— ¿Cómo es eso?

— Es simple. Abel y yo pactamos. El me garantizó que iban a pelear mano a mano, que nadie se iba a meter. Y yo le garanticé que si cumplía con su palabra, no iba a tomar represalia alguna.

— ¿Pe…Pero usted se volvió loco, Director? ¡¿Como hace algo así?!

— Oiga Negro. Usted no entiende que esto se desmadró, se me fue de las manos. No entiende que no queda otra, que tiene que pelear. Esto excede mi función. Aquí ya no soy Director, soy uno más. No tengo autoridad. Y la única forma razonable que encontré para que la multitud no lo linche es esta. Peleando, pero peleando con reglas mínimas.

— Es que este tipo me va a matar—dijo el Negro con voz chillona.

— Escúcheme una cosa, Negro —A usted nadie lo va a matar. Escúcheme que de esto algo de idea tengo.

El Negro levantó la vista y miró atento al Director.

— ¡Mire, Negro, mire lo que es! Usted es una bestia, mide casi un metro ochenta —empezó a arengar el Director —es de brazos largos, tiene con qué Negro, tiene con qué. ¡Mírese las manos, las manos mírese, Negro! —se exaltó —Con que le entre una ya está.

En cambio —suavizó el tono —vea a su rival, vea lo que es su rival, con suerte si alcanza el metro sesenta y cinco. Es puro bla…bla… el Abel ¿Qué Abel? Abelito. Usted se lo tiene que comer crudo.

— Pero, Director…

— Pero nada, Negro. ¡Nada! Usted me hace caso a mí. El Abel va a entrar con todo. Usted espérelo, camine por el círculo, mida al rival, manténgalo alejado con el brazo, deje que él ataque y cuando vea el hueco contraataque. ¿Entendió?

— Si —murmuró el Negro con desgano.

— Estamos entonces —dijo el Director —Solo falta una cosa —agregó.

El Director se acercó al Negro y le desató la corbata, cosa que al alumno le pareció razonable, al suponer que la máxima autoridad no quería involucrar el uniforme de la institución en toda esta locura. Sin embargo su cara se transformó cuando al despojo de la corbata le siguió el de la camisa;

— ¿Que hace, se volvió loco? —protestó el Negro.

— Oiga, hágame caso, yo conozco muy bien a los petisos, son mañosos. El Abel lo va a querer traer por la ropa. Si queda en cuero no le toca un pelo. Se lo aseguro.

El Director desprendió el último botón de la camisa, se puso a espaldas del Negro, y sujetándola con ambas manos a la altura de los hombros la retiró, dejándola deslizar suavemente, como el entrenador de boxeo que le quita la bata a su pupilo.

Con el torso desnudo, sintiéndose ridículo, caminó hacia el centro del círculo al encuentro de Abel. Cuando estuvo a unos pocos metros, haciendo caso a los consejos del Director, se detuvo y esperó que el otro avanzara. De pronto, ante la inminencia de la pelea, la gente estalló en un griterío desaforado.

Abel avanzó decidido, pero cauto, estudiando a su rival. El Negro le sacaba más de una cabeza y sabía que esto le jugaba en contra. Al no poder tomarlo de la ropa pensó con rencor en el Director. Se acercó más y sacó un derechazo que el otro esquivó fácilmente. El Negro lo desplazó con el brazo y empezó a caminar en círculos. La pelea estuvo dormida por unos segundos y el murmullo de la gente se hacía sentir. Ante la decisión del Negro de no atacar, al otro no le quedo más opción que volver a tomar la iniciativa. Dio un paso hacia delante y lanzó dos golpes ágiles, uno a la altura del hígado, y el otro, un gancho que conectó en el mentón. El Negro los sintió y trastabilló bajando la guardia, el petiso aprovechando la ventaja que le otorgaba su rival, sacó un derechazo en cross que dio en el parietal izquierdo del Negro, provocando el estallido de la multitud. Abel ganó confianza y arremetió con todo, con la idea de terminar con el pleito. Lo punteó con la izquierda y sacó un golpe directo, pero esta vez el Negro estuvo bien de reflejos y lo desvió con el antebrazo izquierdo, e inesperadamente, contraatacó con un cachetazo que dio en la oreja de Abel, cuya sonoridad levantó el ¡Uh! de los espectadores, entremezclándose con los ruidos de las bocinas que provenían del embotellamiento que la pelea había generado. Abel acusó el golpe y se lo veía aturdido, de repente parte de la mejilla y la totalidad de su oreja se les puso colorada. Por primera vez sus ojos mostraban una expresión de temor.

Se quitó de encima el miedo, y con renovada confianza volvió a la carga, lanzando una seguidilla de golpes que obligaban al Negro a retroceder, acercándose peligrosamente al público. El Director que miraba con atención la pelea comenzó a gritar enloquecido;

—¡Salga de ahí, Negro! – ¡No se deje arrinconar!

El Negro, escuchó la orden, lo empujó con la izquierda, lo midió y le metió un derechazo en la cara. El otro reculó y el Negro avanzó dispuesto a todo. De repente dio la sensación que una fuerza ajena a su voluntad se apoderó de él y no era capaz de dominarla, por unos segundos fue una maquina de largar golpes contundentes contra la humanidad de Abel, que no atinaba a reaccionar. El Negro estaba enceguecido y le daba sin asco con la derecha y con la izquierda. A Abel se les empezaron a aflojar las piernas y se lo veía entregado.

— ¡Déle que lo tiene, Negro! —gritó excitado el Director.

El Negro estaba a punto de dar el golpe de gracia, cuando Abel, con lo último de fuerza que le quedaba, avanzó un paso y lo abrazó para tratar de neutralizarlo. Casi al mismo tiempo intervino Patricio Soto, quien se interpuso entre los dos, declarando así terminada la pelea.

Dándole la espalda al Negro, quedando cara a cara con Abel, lo fue llevando de a poco para un costado;

—¡Bien, Abel! Le diste una lección. ¡Éste no jode más! —dijo Patricio.

—¿Que decís? —reprochó ofuscado Abel —¡Casi mas me mata! —añadió.

Patricio Soto volvió su vista hacia el centro del circulo y vio que el Negro seguía quieto en el lugar, con la mirada desencajada y algo entristecida, como no sintiéndose orgulloso de lo que acababa de hacer. En ese momento a Patricio le dio la sensación de que en verdad el Negro nunca tuvo miedo de pelear con Abel. Ni con Abel ni con cualquiera que se le cruzase en su camino. En realidad, pensó Patricio, el Negro se temía a sí mismo, porque sabía lo que era capaz de hacer.

De a poco el circulo se fue cerrando y la masa desconcentrando. El negro sintió una palmeada en el hombro y giró.

—¡Lo felicito, Negro! —dijo el Director con gran efervescencia —¡Usted hoy, se hizo respetar!

El Negro ni se inmutó, solo se limitó a contemplar la imagen grotesca que mostraba el Director. Estaba completamente traspirado, su camisa estaba empapada, y por debajo de ella, se traslucía una ridícula camiseta musculosa. Tenía la corbata floja, las mejillas coloradas y un mechón de pelo, que la gomina ya no lograba contener, le colgaba por sobre la frente.

El Director levantó los brazos, esperando el abrazo, el Negro elevó la mirada, vio que una de las manos de la autoridad apretaba su camisa y su corbata. Se las arrebató y de pasada le dijo;

—Hasta mañana, señor Director.

El Director, se sintió confundido, como pudo disimuló la cara y se perdió entre la gente.

Abel caminaba con dificultad, algo mareado, aturdido aún por los golpes recibidos. Patricio Soto lo acompañaba con paciente solidaridad. Tomaron calle Moreno y subieron por Obligado. Pasaron nuevamente por la escuela que mostraba sus muros altos y arruinados con sus largos antiguos e interminables ventanales. Cruzaron por el club, era la hora de la siesta, estaba vacío. Hicieron unos cuantos metros más hasta que por fin llegaron a la plaza 25 de mayo. Se metieron por una de las diagonales avanzando por una suerte de túnel rosado formado por la sucesión de árboles de lapachos. Por entre las ramas se filtraban algunos rayos de sol generando en el paisaje un juego de luces y sombras.

Se sentaron en un banco de la plaza. Bajo la sombra de los ligustros estaban echados dos borrachos, uno de ellos se acercó al instante a pedir unas monedas para el vino. Patricio Soto revisó en su bolsillo, pero Abel lo cortó en seco y lo mandó a trabajar.

—Ya entiendo porque tiene la cara así —ironizó el borracho, que sin ánimos de entrar en conflicto, dio media vuelta y volvió hacia la tranquilidad de los ligustros.

— Borracho de mierda —dijo entre dientes Abel, casi sin gesticular.

Abel, clavó la mirada en dirección a la fuente y quedó mudo, cavilando. De golpe la imagen de Julita se le vino a la mente y un nudo espeso y agrio le atravesó la garganta. —Que sea verdad o que sea mentira ¿Qué importa a esta altura? —pensó con tristeza. A partir de la paliza, la historia entre el Negro y Julita era cosa juzgada.

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